Diversidad lingüística y cultural: ¿sinceridad o asimilación?
Las últimas décadas del siglo pasado nos muestran un mundo sumergido en procesos acelerados de revolución tecnológica y de transformación del sistema capitalista. Como parte de estos fenómenos los Estados han vivido nuevas formas de interacción cultural y lingüística, además de nuevas identidades colectivas que desafían su orden homogenizador. Así, la diversidad, se manifiesta a través de estas identidades colectivas, que buscan hacerse escuchar y ser incluidas en el orden social del estado. La finalidad del neoliberalismo es, sin embargo, la instalación de una sociedad globalizada, dominada por élites económicas, las cuales dependen cada vez más de las posibilidades generadas por el conocimiento para la innovación, desarrollo y comercialización de sus productos y servicios. El neoliberalismo ve a la diversidad cultural y lingüística como parte de esta sociedad globalizada, en la cual poder reproducir su adoctrinamiento. El significado ontológico de la diversidad cultural y lingüística, por el cual luchan muchos grupos minoritarios, queda relegado a planos secundarios. La estructura de poder se apropia del concepto de diversidad y manipula su reconocimiento desde un imaginario que, aparentemente, satisface la lucha por el reconocimiento, la inclusión, la autonomía y el desarrollo de los grupos etnolingüísticamente marginados.
Por ejemplo, el escenario latinoamericano de la década de los 70 se caracterizó por un incremento de las demandas indígenas, tanto campesinas como de tipo cultural. Estas últimas, a diferencia de las primeras, lograron, con el movimiento indigenísta, obtener políticas de apoyo mucho más concretas a sus demandas. Entre esos años y ahora, se ha logrado en muchos estados latinoamericanos el reconocimiento de la diversidad cultural y el desarrollo de una educación indígena intercultural y bilingüe. Pero no faltan quienes critican que este reconocimiento, así como los objetivos de estos programas educativos, no son más que un medio, más sutil, de asimilación e integración de las comunidades indígenas a partir de sus propias lenguas. Así, las élites estatales se apropian de un lenguaje muy significativo para las comunidades indígenas: educación, intercultural y bilingüe. Desde la perspectiva indígena, estas palabras significan reconocimiento, desarrollo, y aplicación, a través de los programas educativos, de su identidad diferenciada. Desde las estructuras de poder, estas palabras se desarrollan en torno a una retórica social que enmascara los objetivos asimilacionistas y globalizantes, propios del neoliberalismo.
Nos preguntamos si en la impulsiva orientación de los Estados europeos de modelos de educación intercultural y bilingüe para comunidades de inmigrantes pesará más la sinceridad de estos programas o la retórica que oculta objetivos asimilacionistas y globalizadores… ¿Tú qué opinas?
Enero 6th, 2007 at 13:19
La verdad es que, en nuestro sistema educativo nacional, la atención a los inmigrantes debe ser observada en los programas de “adaptación lingüística” -de los que tenemos datos sobre cada Comunidad Autónoma en la web del MEC “Atención a la diversidad”-. Y sucede que esos programas tienen una orientación “declarada” de promoción de la diversidad cultural.
Esta observación se acompaña de otra preocupante: la débil atención e incluso nula en muchos casos a la lengua de origen de los extranjeros escolarizados.
Entonces cabe preguntarse sobre la adecuación de estas orientaciones si el reconocimiento de la diversidad -digamos de forma reductora diversidad cultural- lleva intrínseco el reconocimiento de la diversidad lingüística, por cuanto que la lengua es parte integrante de la cultura, tal y como los estudios de antropología cultural vienen poniendo de manifiesto.
¿Que esto oculta objetivos asimilacionistas y globalizadores? pues quizá habría que hablar en otros términos más preocupantes, en términos de sentimientos (y comportamientos) de desconfianza, menosprecio, miedo, rechazo, juicios negativos, etc., que existen de forma inconsciente y a fin de cuantas revelan tendencias racistas.
Sin que ello signifique mi total adhesión a los escritos de Tahar Ben Jelloun, me permito poner en común aquí que no nos vendría mal reflexionar sobre el diálogo que mantine con su hija en el libro: “Le racisme expliqué à ma fille” suivi de “La montée des haines”.
Enero 7th, 2007 at 13:46
Como dicen M. Tuts y C. Moreno: “Hagamos un rápido ejercicio de sinceridad. Las personas que se dedican a la enseñanza en contextos multiculturales se encuentran con sistemas de aprendizajes distintos, con actitudes y aptitudes a veces complementarias y a veces contradictorias. Y surgen las comparaciones desde lo conocido. “Ellos y ellas” son la prueba en negativo de la foto: indisciplinados, in-adaptados, im-puntuales, no entienden, no quieren aprender, no quieren integrarse, etc. No cuestionamos el modelo de referencia, porque es el que nos pertenece por derecho: una sociedad judeocristiana, en muchos casos, de origen grecolatino, de lógica cartesiana y, más recientemente, de valores democráticos y de libre mercado. Quien no se ajusta a este modelo, por lo tanto, es diferente. Cada persona mira hacia el mundo desde su propia ventana, su propia “casa cultural”, como recuerda Geert Hofstede (1991), en la que lo propio se considera lo normal. Quien quiera entrar en el club, deberá adaptarse. Incluso los “bienintencionados” trataremos de agilizar su asimilación, minimizando las diferencias: “mi hija está en clase con una chica rumana pero parece española; no se nota nada que Ahmed sea marroquí, se parece a mi primo de Granada; fíjate en Ludmila, habla sin acento…”. Creemos contribuir, de esta manera, a evitar el conflicto, borrando las señas de identidad de quienes nos rodean para adecuar su comportamiento y sus hábitos de vida -a veces incluso sus rasgos étnicos-, a referentes personales que nos ofrecen seguridad.” (Glosas Didácticas, nº 15, p. 6)