De fronteras mentales

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En una reciente y conmovedora entrevista publicada por El País, el máximo responsable de la diplomacia europea, Javier Solana, contaba cómo tras el acto de entrega de un galardón en el Ayuntamiento de Liubliana (Eslovenia), un anciano lugareño se le acercó para decir: “¿Ve ese río y esa casa a la orilla? En mis noventa años, sin moverme de ella, he vivido en siete países distintos”.

De todas las migraciones de Europa, destacan por cruentas las del siglo XX desde el periodo de entreguerras. En busca de un monocronismo imposible, las lenguas han servido de fronteras en el continente: “Trázala ahora aquí, ahora allí … no … más allá”. La más reciente y ya patética versión, aún en nuestros días, protagonizada por el irredento Václav Klaus, representa justo lo que no queremos ser con la obligada mención de los Sudetes como último escollo para su firma del Tratado de Lisboa. Algún día habrá de narrarse la paciencia europea. ¡Cuánto ha debido padecer este continente para aferrarse de tal forma al consenso!

La capital eslovena de Liubliana, el rompeolas de la historia europea, simboliza bien el trasiego del siglo. Es el punto de encuentro de las tres mayores regiones culturales europeas: la germana, la eslava y la románica, un buen paisaje en el que pasear confortablemente percibiendo la diversidad lingüística, una forma de ecología cultural. Un paseo sin el equipaje de las etiquetas, de los juicios y prejuicios. El geolingüista Colin H. Williams fija su atención en este lugar identificándolo como un laboratorio de estudio de aspectos relacionados con la gestión de la diversidad: los ajustes sociolingüísticos en la franja italoeslovena, en la estructura etnolingüística del Alto Adriático o de lenguas e identidades múltiples en la región de Carinthia en los Alpes Orientales. En un mapa emborronado por trazos pasados, las fronteras que restan sólo son mentales.

12 Responses to “De fronteras mentales”

  1. José María Gondar Says:

    Mucho piensan: Mi tribu es el centro del mundo. Toda la cultura que necesito es la mía y de los míos, porque quiera vivir en esa cultura y no en otra. Una cultura dentro de mis fronteras.
    A esos les digo: El criminal Goering sólo podía concebir «Cultura», con mayúscula y en singular; mientras que nosotros preferimos el plural «culturas»; la diferencia no es simplemente gramatical, sino de vida o muerte, tal como lo demuestra la historia.

  2. Ben Morton Says:

    No me voy a detener recordando estos arbitrarios y simplificados «dos mil años de historia» europea, cruzados por una multitud de culturas «impuras» —de Oriente y de Occidente, del Norte y del Sur—, de intolerancia religiosa, de totalitarismo francés —dentro y fuera de fronteras— y de libertad y derechos humanos, también franceses.
    Es la hora de dar un paso más allá. Observemos que la «otredad» no tendría mucho sentido si el «otro» fuera un reflejo especular de nosotros mismos. El desafío y la virtud de nuestro mundo consiste, entonces, no en enfrentarnos con otras culturas y otras sensibilidades éticas sino en aprender a dialogar con las mismas. Ninguna de ellas podría fundamentar un derecho superior o natural sobre la otra, tal como lo sostienen explícitamente algunos intelectuales del centro, como Oriana Fallaci (descanse en paz). Sólo la fuerza es capaz de establecer esta diferencia jerárquica, pero recordemos que en un mundo que se ha cerrado en su geografía, la fuerza puede lograr victorias económicas y militares, pero no la justicia necesaria para la paz y el progreso sostenido de la humanidad. Para no hablar sólo de justicia como fin en sí misma.

  3. Ana Zas Says:

    Me temo que en esta diversidad cultural -a la cual no estamos tan acostumbrados como presumimos (aún nos pesa la sensibilidad moderna de «mi tribu como centro del mundo» que dice José María- es posible siempre y cuando unos y otros sean capaces de compartir ciertos presupuestos morales. Para entenderme con un chino, con un norteamericano o con un mozambiqueño no necesito exigirle que se vista como yo, que acepte mi preferencia de Sartre sobre Hegel, o de Buda sobre John Lennon o que modifique su política impositiva. Incluso no debería ser necesario, para reconocer al «otro», que el otro comparta mis tendencias sexuales, mi heterosexualidad, por ejemplo. Sí es rigurosamente necesario que ambos, el otro y yo, compartamos algunos axiomas morales como alguno de aquellos que se encuentran resumidos en la Segunda tabla del Decálogo de Moisés: «No matarás; no robarás; no calumniarás…». Pero, no se me entienda mal, observemos que estos preceptos -que también son prejuicios que podemos llamar positivos o fundamentales, ya que no necesitan ser confirmados por un análisis o pensamiento- no son propios únicamente de la tradición judeo-cristiano-musulmana. Muchas otras religiones, en muchas otras civilizaciones que se desconocían mucho antes de Moisés, ya observaban estos mismos mandamientos. Si bien el psicoanálisis nos advierte que «se prohíbe aquello que se desea» también es cierto que podemos reconocer una «cultura común» que ha ido consolidado normas interiorizadas que se reflejan en una determinada conducta individual y social que nos pone a salvo de la incomunicación y la destrucción. Solo basta echar un ojo al periódico cada día.

  4. Miguel Alcaraz Says:

    Observemos la ciudad de Nueva York, sin prejuicios ideológicos, como un laboratorio, como un experimento posible de ser extendido a una posible sociedad global sin fronteras nacionales. No hablo aquí de exportar una ideología —¡vive Dios!— sino de advertir una situación humana posible, que no se diferencia mucho de otros ejemplos como la Bagdad de las Mil y una noches o la Alejandría egipcia que albergó la biblioteca más grande del mundo antiguo, además de africanos, romanos, griegos, semitas, judíos y comerciantes de todo el mundo —hasta que las masacres de algunos césares, que nunca faltan, terminaron con la población y con su ejemplo.
    En Nueva York podremos reconocer una gran variedad de culturas conviviendo en un área relativamente pequeña, donde se hablan más de una docena de idiomas, donde hay más restaurantes italianos que en Venecia o más restaurantes chinos que en Xi’an, sin contar sinagogas, mezquitas, e iglesias de todo tipo. Pero muchas veces esta convivencia no resulta en un conocimiento del «otro», aunque sigue siendo un valioso progreso el hecho de que sean capaces de convivir sin agredirse por sus diferencias.

  5. Antonio Pensado Says:

    Bien visto, Miguel, New York para mí también resulta un ejemplo en que una gran diversidad cultural (política, económica, ética, religiosa, filosófica o artística) es totalmente posible en un área tan pequeña como Manhattan. Y, no obstante, ni el barrio chino, ni el italiano ni el irlandés necesitan de ningún sentimiento patriótico para sobrevivir como comunidad barrial ni para salvaguardar la existencia pacífica de la ciudad entera. Lo único que necesitan es compartir unos pocos principios morales, muy básicos, como los que Ana menciona en su comentario. Principios que, por supuesto, no compartían quienes estrellaron los aviones en el World Trade Center ni aquellos higiénicos jefes y soldados que violaron prisioneros en Irak o suprimieron aldeas en Viet Nam «porque molestaban demasiado». Pero observemos que una confusión también criminal se produce cuando el mundo musulmán es identificado con este tipo de mentalidad intolerante, «terrorista». De esa forma, identificamos al enemigo en el otro, en la otra cultura y, por lo tanto, justificamos nuestro pulcro, higiénico y estúpidamente orgulloso patriotismo, echando de esa forma más basura sobre la humanidad.

  6. Angeles Sanmartín Says:

    A mí me ha “conmovido” el comentario del viejecito. ¡Vivir en 7 países diferentes sin haber salido del mismo sitio en 90 años! Dejando a un lado los históricos malestares políticos, me gustaría centrarme en lo que aquí interesa, que es la pluralidad lingüística que encierran sitios tan pintorescos como la vieja ciudad de Liubliana y muchos otros lugares que menciona Colin H. Williams en su estudio.
    Como gallega que soy defiendo la pluralidad de mis dos lenguas maternas (castellano y gallego) y pujo por la libertad de expresión en ambos idiomas, a los que considero igualmente útiles y necesarios. Por circunstancias de la vida he sido educada en un ambiente “castellano parlante” pero no por ello desprestigio al gallego, con el que también me identifico. Reconozco el gallego como una identidad más débil que la castellana, pero no por ello la considero menos importante; al contrario, la considero tan útil y vital como la primera, pues forma parte de lo que soy, de lo que somos. Es vital reconocerlo así y no luchar por imposiciones ni vejaciones sino por mantener posiciones que nos lleven a una Europa común, a una Europa en la que tengan cabida todas las lenguas, incluso las minoritarias: una Unión Europea sin fronteras lingüísticas de ningún tipo.

  7. Luis Pena Says:

    Mi querido amigo José Maria Gondar, al que me alegro de ver por aquí, alude a la concepción de Goering de la cultura. Aporto un dato, más espeluznante si cabe. Se trata de una expresión acuñada por el nazi Hermann Wilhelm Goering hace sesenta años: «Cuando oigo la palabra ‘cultura’ saco el revólver».

  8. Magda Says:

    Bueno… no sé si he entendido bien y tampoco no sé si vosotros vais a entender me bien… También perdón por mi nivel bajo de español…
    Para mí no hay fronteras, no sólo que lde los países o mentales, no hay tampoco fronteras psicológicas. Pero yo no quiero hablar sobre esto ahora. Lo que quiero decir es que para mí, la Unión Europea es una brillante oportunidad para el desarrollo del lenguaje (estoy aquí, y aprendo el español) en el desarrollo cultural (conoceo a vuestra cultura), y el desarrollo mental (me doy perfecta cuenta de que Polonia mi tierra natal y de la cultura mía). Me encanta mucho todas las culturas distintas y estoy contenta de que puedo conocer tolo lo que quieri!
    Y lo que tengo en el corazón (las fronteras) es mucho más importante y no lo que los políticos quieren cambiar!

  9. Magda Says:

    aaa by the way… Eslovenia es un país hermoso y maravilloso! Yo recomiendo! Y Ljubljana tiene un espíritu increíble … hmm .. como Santiago - algo que atrae!

  10. María Jimena Burrieza Says:

    Personalmente, creo que lo importante en la actualidad es saber respetar la diversidad. No existen culturas más importantes o prestigiosas que otras, sino que son tan sólo diferentes. Partiendo de la tolerancia, la convivencia es más que posible.
    A mi entender las lenguas no tienen “limites” ni fronteras, creo que esto se da más que nada por cuestiones políticas.
    Coincido con Magda, en que lo interesante es poder conocer todas estas culturas y poder aprender de ellas.

  11. Begoña Chouciño Says:

    Todos vuestros comentarios son muy interesantes, y el comentario del viejecito es realmente conmovedor, inquietante y también surrealista no?
    Solamente ha tenido que vivir muchos años para haber pertenecido a siete estados diferentes, sin salir de casa!. Quizá esa sea la cuestión, la “pertenencia” a un estado u otro, como este ejemplo extremo muestra. Sin embargo, el ser humano tiene, desde mi punto de vista, la necesidad de mantener una identidad individual y colectiva al mismo tiempo, y la lengua es un claro factor de unión, especialmente en lenguas de tipo minoritario. Es una cuestión compleja; considero que una lengua es propidedad de cada uno de sus hablantes, y no tiene copyright.

  12. Silvia Says:

    “En un mapa emborronado por trazos pasados, las fronteras que restan sólo son mentales”…Sí, pero son las que más pesan y las más difíciles de derrumbar. Vivimos en una época sin fronteras en Internet pero seguimos levantando muros y nos juzgamos unos a otros por nuestras ideas, nuestras culturas…aceptamos que la creatividad se basa en la diferencia pero aún así nos cuesta ser objetivos con realidades que difieren con las nuestras.
    Sólo cuando de verdad seamos capaces de acabar con nuestras fronteras mentales llegaremos a ser lo que una sociedad multicultural demanda…personas sin fronteras.

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