Surfistas de las lenguas
Sábado, Marzo 27th, 2010

Aunque no somos proclives (solamente lo hemos hecho un par de veces hasta ahora) a usar la biología como fuente de nuestras reflexiones por miedo, tal vez, a tantos biologismos como han destrozado nuestra historia, no podemos dejar de expresar nuestra admiración leyendo El siglo del gen (Evelyn Fox Keller) sobre el lento descubrimiento de los genes como sistemas dinámicos. En 1988, el bioquímico Robert Haynes escribía: “La maquinaria genética de la célula es el ejemplo más impresionante que se conoce de un sistema muy fiable y dinámico construido con piezas vulnerables y poco fiables”. La ley de la vida: construir sistemas fiables con piezas vulnerables. Dinámica incansable. Los sistemas vivos mantienen su estructura cambiándola continuamente. No hay reposo, no hay sosiego. Una perpetua carrera para quedarse en el mismo lugar.
Una cuestión que nos lleva a pensar en el profesorado de lenguas, cualesquiera que éstas sean, a quien se suele acusar de hiperactivos, culoinquietos, don y doña angustias (y toda una colección de calificativos) hasta el punto de suscitar envidia y rencores entre el profesorado de otras materias que resultan menos inquietos en su comportamiento profesional… menos pendientes de estar al último grito en lo que ahora se lleva en el desarrollo curricular.
Se puede llegar a creer, a veces, que tras esta falta de sosiego profesional y personal se esconde un fuerte elemento innovador que hierve en la sangre del profesorado de lenguas. Sobre todo en el caso de algunas y algunos a quienes observamos con admiración surfeando, con seguridad y dinamismo, sobre pavorosas olas que resultan poco fiables pero, al fin y al cabo, vulnerables bajo su pericia en el dominio de la tabla a cuyos lomos cabalgan. Y es el que el profesorado que practica surfismo en sus clases de lengua, sin reposo y sin sosiego, se parece mucho a los sistema vivos de la maquinaria genética que mantiene su estructura cambiándola continuamente en una perpetua carrera para quedarse en el mismo lugar: un incansable remar para varar en la orilla.
Cierto es que muchas veces hemos estado haciendo surf en la ola de la innovación en el aula de lengua… pero la ola no la hemos levantado nosotros; lo que hacemos es… subirnos a ella y… aprovechar su fuerza… Sin viento, las olas no se levantan y cobran fuerza. Entonces el surfista de la lengua se ve obligado a esperar impaciente en la orilla atento a la más leve brisa. Y si pasan semanas y meses sin que el viento levante las olas, se enfrenta a la tentación del sosiego, al mal del reposo del guerrero. Un mal que lamentamos en muchos docentes que fueron en algún momento referencias de nuestras vidas, generaciones que nos precedieron y que vimos agostarse con tristeza, creyendo a destiempo que lo que habían hecho era suficiente, como si uno se pudiese jubilar de la vida. Perdieron curiosidad y ganaron cinismo. Ganaron bienes y prestigio y perdieron sueños. Pero más que nada se quedaron sin viento y sin ola a la que subirse.
El profesorado innovador no está a merced de los vientos: levanta sus propias olas en la clase de lengua y la orilla de la playa no es su punto de llegada sino el de partida.



