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Las lenguas contantes y sonantes

Sábado, Agosto 1st, 2009

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Hace tiempo que el concepto de lengua como mercancía ha ayudado a entender el devenir de las lenguas en situación de contacto. La tesis del mercado lingüístico de Bordieu ponía de manifiesto cómo las manifestaciones verbales de los grupos sociales se comportaban igual que las mercancías en un mercado; un mercado que se regía por leyes propias y que asignaba a cada manifestación verbal frente a otras, a cada lengua frente a otras en este caso, un determinado valor.
El mantenimiento de lenguas entendidas como productos requiere de una inversión, inversión que bien gestionadas producen dividendos. El economista de la lengua helvético  Francoise Grin, ya demostró que en el mundo actual la inversión de un determinado grado de diversidad lingüística resultaba una inversión rentable a la vez que el monolingüismo lingüístico y la excesiva diversidad mal regulada podían generar cuantiosas pérdidas.
Viene al caso esto por el nuevo sistema de financiación autonómica, recién aceptado de mejor o peor grado por todas las Comunidades Autónomas de España. En alguna declaración perdida, poco elaborada por desconocida en sus detalles o por el interés estratégico de lo revelado a medias, se ha dejado deslizar que un factor corrector del reparto de los fondos que el Estado destinará a las comunidades será la consideración de comunidad bilingüe. De aquí se desprende, sin atrevernos a dar la interpretación por válida, que se reconocerá el gasto adicional que un sistema educativo bilingüe realmente genera, entre el 2 y el 5 por ciento según algunas estimaciones de lingüistas internacionales, ajenos al caso en cuestión.
Bien está ajustar las cuentas a la realidad y aún más si de esta forma se sustenta el patrimonio lingüístico del Estado. Las dudas vienen de la interpretación que el bilingüismo toma como concepto de gasto. Los grupos sociales tienen la función casi atávica de guardar el tesoro lingüístico que les fue legado por generaciones y la inclusión de las lenguas autóctonas en esa ecuación debe estar contemplada sin más, encontrando su sitio en la proporción que quiera establecerse en la escuela. Pero también en el escenario europeo hoy, el bilingüismo es una aspiración -en las comunidades monolingües que quieren integrar otras lenguas de forma vehicular- y un reconocimiento a la diversidad multicultural -en los centros en los que las lenguas de inmigración o ambientales también quieran tener un mínimo reconocimiento aunque sólo fuere por satisfacer la autoestima de otros grupos tan frecuentemente denigrados.
Si al final, la singularidad lingüística es -como en otras ocasiones- un pretexto para generar privilegios inconfesables por otras razones, la diversidad lingüística se pervertirá pasando a ser un concepto de ventajismo político en vez de un concepto de riqueza casi ecológica del que todos disfrutamos. ¡Que a todos nos salgan las cuentas!