Archive for Julio, 2008

¿Juntos (pero no revueltos) en la diversidad?

Sábado, Julio 26th, 2008

diversidad.jpg

Si fuéramos todos iguales, no tendríamos interés en encontrarnos… ¿Qué sentido tiene el encuentro en el diálogo intercultural si hubiese una plena igualdad? Estamos interesados en otros cuerpos y somos atraídos por ellos, porque son diferentes de nuestros cuerpos. Entonces, la diferencia es una motivación profunda para encontrarse, no es solo una motivación para separarse…
La energía es la misma, puedes usarla para pelearte con quien es diferente o puedes usarla para encontrarte con él. Alberto Melucci, investigador italiano de los Movimientos Sociales fallecido en 2001, resumía así su definición de diversidad: “Un encuentro de cuerpos, ideas y emociones que liberan energía vital. Una magia inexplicable y humana que moviliza miles de personas que luchan juntas en nombre de una identidad colectiva, en nombre de los Derechos Humanos, de los Bienes Comunes, de Otro Mundo es Posible.”
Y tú ¿qué opinas? ¿Te quedas con lo de juntos -pero no revueltos- en la diversidad, o apuestas por un “iguales en la diversidad de diferencias”?

Ecolingüística

Sábado, Julio 19th, 2008

125px-cambridge_encyclopedia_of_the_english_language.JPG1201727288055david-crystal-webdn.jpg

Como es conocido, David Crystal sostiene desde hace tiempo que es necesario un movimiento social para evitar la extinción de lenguas. A comienzos de 1997 el lingüista de origen irlandés escribía en el diario The Guardian: “Imagine qué puede ocurrir si el inglés continúa creciendo al ritmo al que lo ha hecho. Quizás llegue un día en que sea la única lengua que pueda aprenderse. Si esto llega a suceder, será el mayor desastre que habrá conocido el planeta en toda su historia“.
D. Crystal se ha convertido en un estandarte del multilingüismo. En su libro La muerte de las lenguas (Cambridge, 2001), da cinco razones para salvar las lenguas. “Porque necesitamos la diversidad y porque las lenguas expresan la identidad, son depositarias de la historia, contribuyen al conocimiento humano y son interesantes por sí mismas“.
Reproducimos aquí una reciente entrevista en la que trata el tema:
¿Es necesario un movimiento para salvar las lenguas similar al ecologismo?

  • Una ecología lingüística es tan urgente como la biológica. La diversidad lingüística es un bien básico del ser humano. Cada lengua expresa una visión del mundo y qué significa ser humano, y cada lengua perdida implica la pérdida de una de estas visiones. Los argumentos son exactamente los mismos que aquellos utilizados en el ámbito de la conservación de plantas y animales, salvo que aquí hablamos de diversidad intelectual.

¿Hay lenguas verdugo que están borrando del mapa el resto de las lenguas?

  • Cualquier lengua dominante es una amenaza potencial para las lenguas minoritarias cercanas. En algunas regiones de África, las lenguas minoritarias están amenazadas por las dominantes, como el suahili o el árabe. El inglés ha sido la lengua más poderosa en algunos lugares, como Australia. En otros, ha sido el español, como en la mayor parte de Suramérica. Pero no me gusta emplear palabras como verdugo, sobre todo cuando hablamos de personas que utilizan estas lenguas para tener una mejor calidad de vida. La gente no escoge la ejecución.

El concepto de ecología de las lenguas fue usado por Einar Haugen en 1972 para referirse “al estudio de las interacciones entre la lengua y su entorno.” El entorno se entiende como psicológico y sociológico. Para Haugen es muy importante que la cuestión no se reduzca a la descripción de la situación social y psicológica de la lengua sino al efecto de esta situación en la lengua. La ecología de la lengua no se limita a la descripción de las lenguas sino a promover su uso y preservación. Haugen explica que el término de “Ecología de las lenguas” así como el de “Familia lingüística” son metáforas derivadas de los estudios de la existencia de la vida. Esta metáfora es muy útil para las propuestas de políticas lingüísticas multilingües.
La preservación de las lenguas no es solo un asunto lingüístico porque no puede separarse de las luchas por la autonomía, la democracia y el reconocimiento de los derechos colectivos de las personas. La ecología lingüística es un trabajo para quienes creen que otro mundo es necesario.

El Manifiesto: ¿Una proclama nacionalista?

Sábado, Julio 12th, 2008

20080623manifiesto.jpg

Aunque tarde, no podíamos dejar de traerlo aquí. No para adherirnos, parece que sobran ya firmas cautivas, sino para trasladar nuestra reflexión abierta y crítica. A partir de su presentación pública, planteada como “una iniciativa que trata de defender el derecho individual y común a tener el castellano como lengua compartida”, se han sucedido en este país y en bastantes otros países reacciones muy diversas en un continuum que se mueve entre dos extremos: la adhesión inquebrantable y el rechazo total al texto. Este Manifiesto no es algo nuevo en España, aunque esta vez se politice mucho más. Es algo recurrente cono lo es la crispación del país, ahora por esto ahora por aquello. De vez en cuando le toca a las lenguas y a sus usuarios. Ya a finales de 1994, el mismo medio que ahora lo ha hecho se encargaba de airear, cargando tintas, las declaraciones del entonces director de la Real Academia Española, Fernando Lázaro Carreter, y su carta a Felipe González para solicitar de los poderes públicos la adopción de medidas que fomentasen en las Comunidades con lengua propia «un bilingüismo real sin diglosia», esto es, que evitasen que una de las dos lenguas se sitúe en una posición de privilegio. Carta a la que la ministra de Cultura, Carmen Alborch, respondía aplaudiendo que la Academia «valore la importancia del castellano, pero también la del plurilingüismo», al tiempo que añadía que «el castellano no tiene por qué sentirse amenazado».
Una vez más asistimos al trágico espectáculo, en el país donde las corridas de toros son fiesta nacional, de miles de ciudadanos que se despiertan y movilizan cuando se desentierra el hacha de guerra de las lenguas y sus culturas patrias: la España envidiada, desde fuera, por la riqueza patrimonial de su exquisita diversidad lingüística y cultural y empecinada, desde dentro, en dinamitar la construcción de su cohesión social (que no quiere decir ‘homogeneidad’) por justamente un valor -la pluralidad de lenguas y culturas- que se basa en el respeto a la diferencia y el fomento de la convivencia. Todo ello no tendría más importancia si de manera permanente, cuando las banderas del debate lingüístico se alzan, no surgiera siempre el riesgo de que esta agitación llegue a afectar a la convivencia.
La reflexión que hay que dar hacia dentro y hacia fuera ¿no debería ir en la dirección de qué aprecio hay realmente en España por una lengua común sin menospreciar el excluir las otras? No parece que muchos de los grupos que se han adherido de inmediato al Manifiesto, muy al margen de la intención de sus autores, tengan otro aprecio que no sea el derivado de un nacionalismo lingüístico tan extremado o más radical que el peor de los males que se achacan a los nacionalistas excluyentes de nuestras nacionalidades territoriales. No hay que olvidar que algunos intelectuales como Antonio Gamoneda y J. A. Marina se han desvinculado ya de sus respectivas iniciativas al considerar que está politizada y que su firma puede ser utilizada con determinados fines. En palabras de Gamoneda: “Dije y digo que el manifiesto era razonable. En su literalidad lo sigue siendo, pero ya no en sus potencias. Lo ha desconcertado la política enmascarada. Así que, Srs. ideólogos de El Mundo, su Manifiesto ha sufrido seria avería en sus propias manos. Lo siento, pero tengo que rectificar: NO. El manifiesto ya no es razonable“. En palabras de Marina: “Se ha convertido en un elemento más de la lucha partidista”. Marina teme que la iniciativa está condenada a “ser utilizada dentro de estrategias políticas con las que muchos firmantes no estarán de acuerdo”. Tarde, pero…
El hecho tan aireado por cierta prensa amarillista de que algunos académicos firmaron su adhesión a título personal llevaba al inocente lector a pensar que la RAE lo apoyaba. Nada más lejos. Su rápida reacción, igual que la de otras Academias de países latinoamericanos, le desmarca de un texto politizado con este comunicado (que no declaración; la RAE no puede hacerlas): “La Real Academia Española es una institución tricentenaria que ha trabajado y trabaja incansablemente por la unidad del español, su conocimiento, su uso correcto y su difusión. Manifiesta, por consiguiente, su extrañeza ante el hecho de que se pueda cuestionar esta labor o confundir sus funciones estatutarias”.
Como ha destacado Violeta Demonte, lingüista de indiscutible prestigio, “los cinco puntos/peticiones concretos del Manifiesto me parecen más una descripción de lo que hay -con alguna excepción digna de comentario, pero no propia de manifiesto- que una indicación de lo que debe haber”. Finalmente, nos preguntamos con J. C. Moreno (a cuyo último libro ya hemos dedicado nuestra atención en una reciente entrada) si este Manifiesto no es en realidad un buen ejemplo del nacionalismo lingüístico castellanista: “…se dice que “son los ciudadanos quienes tienen derechos lingüísticos, no los territorios ni mucho menos las lenguas mismas”. Si esto es así, entonces no debería haberse dicho en el punto primero que el castellano goza del deber constitucional de ser conocido, porque las lenguas no gozan de derecho o deber alguno. Aquí se percibe de forma cristalina el nacionalismo lingüístico castellanista imperante en el manifiesto: sólo son las demás lenguas españolas las que carecen de derechos; el castellano tiene todos los derechos del mundo”.
En realidad, la argumentación del Manifiesto es deplorable. En el punto tercero se dice: “En las comunidades bilingües es un deseo encomiable aspirar a que todos los ciudadanos lleguen a conocer bien la lengua co-oficial. Pero tal aspiración puede ser solamente estimulada, no impuesta”. Claro que cuando se trata de trabajar en las instituciones del Estado, aunque estas se encuentren ubicadas en una comunidad territorial, no se trata de “un deseo encomiable”, sino de “un imperativo legal”.
Pero veamos tamben sus ventajas: en este país nos hemos enterado que desde barrios, pueblos, supermercados, gasolineras, asociaciones de amas de casa, de guardias civiles, hasta formaciones políticas de muy diferentes colores (incluida Falange Auténtica, que difícilmente se recuerda), artistas y deportistas, y un largo e incontable etc., han sido capaces de decir: ¡Aquí estamos… dispuestos a hacer algo en el mundo de las lenguas y culturas de este país!
Que pena que estos miles de ciudadanos y decenas de organizaciones, tan fácil y cómodamente movilizados por el Manifiesto, no se levanten una mañana y piensen que, ya puestos a defender una lengua común, saquemos pancartas a favor del inglés que es la verdadera lengua común de todos los españoles desde la educación de los años noventa, que ahora se continúa en las universidades que también la utilizan como lengua única de referencia común para la docencia y la investigación. Que se lo pregunten a los cientos de miles de españoles que ahora mismo, un verano más, están pagando sin rechistar el peaje de la lengua-autopista común para no perder el tren de la modernidad. ¡Ahí no hay crisis!

Dos autores, dos mundos, cuatro lenguas

Sábado, Julio 5th, 2008

news.jpgcossery.jpg

El pasado 26 de junio se hizo público el galardón del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2008 a la autora Margaret Atwood. Defensora de casi todas las causas a las que el compromiso intelectual obliga -la dignidad de la mujer, la igualdad social y la denuncia de las políticas que la impiden, el ecologismo y la discriminación étnica- su obra presenta un perfil llamativo, el perfil del Jano bifronte que acompaña a todo escritor bilingüe. Canadiense de nacionalidad y de vocación, Margaret Atwood se enfrenta a su repertorio lingüístico con la naturalidad del que se ve dos manos o dos pies, la naturalidad de la percepción de algo que siempre estuvo ahí. En una entrevista recientemente concedida, cuestionada sobre sus preferencias por las lenguas de uso, el francés o el inglés, Atwood sorprende en su análisis: “Prefiero el francés para los adjetivos, el inglés para los nombres. El francés para los cumplidos, el inglés para las malas noticias”. Sin espacio para comentarios de más calado, lo que la autora dibuja es una relación entre lengua y experiencia mediada por la unicidad de la repuesta emocional, por la impresión de lo vivido. En el Canadá bilingüe el vecino de escalera de Atwood puede preferir el francés para comprar el pan y el inglés para leer las etiquetas de las latas de conserva mientras que el del piso inferior puede preferir el inglés para los adverbios y el francés para las preposiciones de lugar. Todas serán respuestas únicas, idiosincrásicas, determinadas por la impronta lingüística con la que la experiencia marcó a sus hablantes.
El mismo día 26 el diario EL PAÍS nos llamaba la atención de la muerte de Albert Cossery, escritor egipcio y príncipe de la pereza, en el logrado titular del obituario que nos deja Octavi Martí. Cossery falleció en su habitación del modesto hotel La Luissiane de París, la misma que había ocupado durante los últimos sesenta años. De padre rentista y madre analfabeta, Cossery debió ver natural dedicar toda su vida a especular con las palabras. “Yo escribo dos frases por semana”, confesaba. Esta dedicación le dio para concluir poco más de un libro cada diez años, los suficientes para revisar cualquier teoría de la lengua como vehículo de la expresión literaria. “Soy de cultura egipcia y lengua francesa, con un mundo egipcio. Pienso en árabe”, afirmaba. Siendo así, Cossery contaba con una lengua de pensamiento y otra de expresión, escribía un mundo que no vivía y vivía un mundo que no existía en su obra. Todo sin el menor atisbo de desasosiego ni disociación, con el elegante pañuelo asomando en el bolsillo del blazer y el gauloises humeante prendido de los labios.
Dos autores, dos mundos, cuatro lenguas. Atwood vinculando la palabra a la experiencia, Cossery reflejando una cultura en un idioma que no existe en su mente. Dos vidas memorables.