
Si nuestros lectores de hoy son de la quinta de los setenta-ochenta, recordarán aquel bello poema ¡Soledad… Ay mi soledad! musicalizado por un canto-autor de la época. Quienes no, ya sabéis, recuperadlo de los archivos musicales.
Esta mañana tuvo lugar en Santiago de Compostela la clausura del I Seminario Nacional sobre Atención Educativa al Alumnado Inmigrante. Más de 500 docentes estaban inscritos, sólo unos 80 pudieron participar debido a circunstancias organizativas. Pero ya hay un compromiso para seguir avanzando en sucesivas ediciones.
El que escribe, y suscribe, tuvo la oportunidad de intervenir, como miembro del OAL, para exponer sus reflexiones sobre la atención educativa y mejora de las competencia idiomática de la población escolar que proviene de flujos migratorios. Se analizaron los avances de las Administraciones educativas en España en los últimos 5 años, se examinó el Manifiesto de Santander (donde un miembro del OAL ayudó a protagonizar un cambio significativo en este contexto), se debatieron las conclusiones -con demandas muy pertinentes- acordadas por los participantes en el II Encuentro de Especialistas en la Enseñanza de Segundas Lenguas a Inmigrantes, y, como no debía faltar, estudiamos la referencia (p. 10) del apartado “Motivaciones para el aprendizaje de lenguas entre las comunidades de inmigrantes” incluido en el Informe Final, de hace unos meses, presentado por el Grupo de Alto Nivel sobre Multilingüismo a la Comisión de las Comunidades Europeas. Todo ellos documentos que tenéis a un clic de ratón, en la subcarpeta “Lenguas, culturas y flujos migratorios” del apartado “Diversidad Cultural: Interculturalidad” del Cajón de Sastre de esta misma Web.
En el turno de intervenciones de los asistentes se plantearon preguntas y reflexiones muy dignas de un nivel de conciencia sobre la necesidad de salir del paradigma de la educación de inmigrantes como ‘problema’ para entrar en el modelo de su atención educativa como ‘valor lingüístico y cultural’: el valor que ellos mismos representan como fuente de riqueza, como mediadores competentes entre culturas diferentes, como agentes activos en el diálogo intercultural y en los programas de integración de recién llegados en nuevos flujos migratorios.
Se planteó, como ya se hizo en una entrada de septiembre a este Punto de Observación, la cuestión de si son los AL, los PT o los especialistas en LE quienes deben atender, de entrada, y a falta (y en espera) de una profesionalización docente especializada en este ámbito, las cuestiones derivadas de las casuísticas de los alumnos inmigrantes. Dudas al respecto y poca claridad. Pero la intervención de una profesora sobre la soledad de quienes se dedican hoy a cubrir estas necesidades, al margen de situaciones administrativas y corporativas, caló a fondo entre el público.
La respuesta que no tuvo en su momento esta colega, y los que la acompañaban, fue motivo de reflexión de quien aquí escribe en el escaso tiempo que siguió a la clausura del acto. La respuesta que quisiera haberle dado in voce pronto a la que declaraba su ‘soledad en el centro’ a la hora de trabajar en estas cuestiones (igual que a quienes mayoritariamente asentían con sus cabezas), se la doy ahora a toro pasado pero en leve asincronía:
«Permíteme una pregunta, antes de contestar. ¿Cuantos colegas trabajáis en tu centro donde la soledad que sientes es motivo de desesperación, como dices? ¿50, 60? Bien digamos esa media con relación a los que tenéis el mismo problema, que sois casi todos. Te cuento: En mi centro, donde me dedico a la formación inicial del profesorado, esa cifra se multiplica por tres. Y yo también sufrí el síndrome de la soledad… años y años. Un síndrome que me llevó a momentos depresivos severos en mi vida y que sólo fue ‘aliviado’ por tratamientos que no iban a la raíz del problema. Por eso un día decidí buscar yo mismo la solución. ¿Cuál? Me eché novia. Sí, sí… novia, novia. De las de verdad, no te creas que es un novia de tapadillo. Para nada. Me acompaña a clase cada día, mis alumnos la conocen, y no es ningún secreto. Si quieres te la presento. Tal vez ya la conozcas. Se llama: ESPERANZA. Y, por cierto, tengo mejor relación y más duradera que con una que poco antes me dejó plantado; se llamaba MariFÉ.»
Como decía el estribillo de la canción: “Pero yo la quiero así distinta, por ser sincera, ser natural como el agua que llega, cantando alegre desde el manantial. ¡Qué feliz soy con mi soledad!”
Ahora se abre de nuevo vuestro turno de palabra: en distancia física pero en cercanía profesional.