
El inquieto historiador cultural Peter Burke penetra, en su reciente libro Lenguas y comunidades en la Europa moderna, en el terreno de la historia social de las lenguas como un buen ejemplo de una disciplina que no suelen ejercer los lingüistas ni los historiadores. Señala que las cosas no han sido siempre como ahora (incluidos enunciados como “un Estado, una lengua”, que no se cumplen ni siquiera hoy), y que detrás de opciones de lengua hay juegos de poder: “A veces las normas lingüísticas disimulan conflictos y situaciones de dominación de un grupo sobre otros“. Estos juegos de poder llevan, a veces, a encontrarnos con situaciones propias de talibanes de la lengua. El texto que sigue, tomado de un artículo escrito por un profesor de secundaria publicado en un periódico español, pretende reflejar un punto extremo de esa situación. ¿Creéis que el autor tiene razón? ¿Se pasa de raya? No dudéis en comentar aquí vuestro parecer.
«Desde hace años trabajo en una región española cuyo nombre no hay por qué desvelar. El lector podrá deducir este dato fácilmente y me descargará de la responsabilidad de citar de forma explícita la mano que me da de comer y de ofender algunas sensibilidades. Baste decir que entre su población, plural y rica, no todos los ciudadanos hablan el castellano como idioma materno. Baste decir que en la vida cotidiana ambos idiomas, el español y el otro, conviven desde tiempos inmemoriales de forma pacífica como lo hacen sus respectivos locutores. La ósmosis cultural y lingüística de esta sociedad es tal que no cabe hablar de dos comunidades separadas; no son dos maneras de entender el mundo, sino dos identidades culturales compatibles y complementarias; un matrimonio mixto bien avenido.
Esto es así o al menos lo era hasta la irrupción en escena, ayer por la tarde en términos históricos, de una siniestra casta: los filólogos del tipo C (creo saber cómo son los del tipo G y puedo llegar a tener una lejana imagen de los del tipo V, pero me ceñiré a los primeros, con los que trabajo a diario).
El departamento de política lingüística de la Consejería de Educación y Cultura de mi anónima autonomía está constituido por sesudos tecnócratas que proceden del campo de la filología del tipo C. Para su titánico proyecto de homogeneización a calzador, utilizan el corpus de una curiosa disciplina, la sociolingüística. En ella se esconde buena parte de la filosofía política que ha llevado a que ambas lenguas vayan camino de la asimetría en nombre de la sacrosanta obsesión identitaria. En ella se usan términos muy interesantes: barbarisme, sustitució lingüística, llengua minoritzada y normalització. Veamos qué quieren decir:
- Barbarisme o estrangerisme: toda palabra proveniente de un idioma extranjero que contamina el nuestro. Siempre que se pueda, escudríñese el diccionario en busca del arcaísmo más lejano posible con el que pueda prevalecer la pureza de nuestra lengua (adivinen de qué idioma extranjero suelen venir casi todos los barbarismes). (Añaden ellos a menudo: «Como hicieron Franco y Felipe V». Afirmo yo siempre: «Tienen razón»).
- Sustitució lingüística: proceso por el que una lengua mayoritaria en un territorio es desplazada a la fuerza por otra impuesta por el orden político. (Esgrimen una vez y otra: «Así hicieron Franco y Felipe V». Asiento yo: «Llevan razón»).
- Llengua minoritzada i normalització lingüística: idioma que debe ser reforzado por discriminación positiva para revertir el proceso de sustitució. Medios: monolingüismo a martillazos en la Administración, los medios de comunicación, la enseñanza, etcétera. (Como Franco y Felipe V, por cierto… en este caso se olvidan de señalarlo).
En la Administración encontraremos funcionarios afectos a la causa, y en los medios, comunicadores de este pensamiento único. Parece lógico, aunque mejorable. Es un poco más doloroso, sin embargo, comprobar que en la enseñanza, mi gremio y la forja de las generaciones futuras, unos respetables colegas que imparten la asignatura de lengua «local» invierten casi tanto esfuerzo en la instrucción de la misma como en esta sociolingüística, vulgo propaganda comecocos.
Yo acuso directamente a mis compañeros de no ejercer como maestros de la gramática, la sintaxis o la literatura, sino de ser comisarios políticos al servicio de una ideología. Se han convertido en la correa de transmisión de un ideario político que si bien tiene perfecta cabida en una democracia, debería salir de las aulas inmediatamente so pena de convertirlas en cadenas de montaje ideológicas y el pórtico del totalitarismo.
El nacionalista excluyente (pleonasmo aquí necesario) es enemigo de la convivencia y la pluralidad que a menudo dice defender. Y es que cuando quiere arrogarse la representatividad nacional a través de la pureza de sangre se da cuenta de que no estamos en el Berlín de entreguerras y se refugia en el pedigrí de la lengua como única y verdadera seña de identidad nacional. Una vez asumido este presupuesto, el otro hemisferio de la población, la castellano-hablante se convierte en un cuerpo extraño. Una comunidad anómala que es necesario asimilar o expulsar a las tinieblas exteriores.
El caso es que los hechos son testarudos: la mitad de la población somos castellano-hablantes. El hecho es que por más que me miro al espejo cada mañana no me considero una anormalitat que sea necesario normalitzar. A fuerza de hacer de la cuestión identitaria la religión pagana de nuestro tiempo y de convertir la lengua en su eucaristía cotidiana, el nacionalismo ha terminado por convertirse en el monstruo que tanto aborrecía.
Si aún no se ha percatado el lector de cuál es la región española que describo en estas líneas no sufra, esa región española es la suya, aquella en la que usted vive. Recuerde que la mecha del totalitarismo en la escuela, de los comisarios políticos de la sociolingüística y del nacionalismo y sus arrabales pueden prender mucho más cerca de su casa de lo que usted se cree.»