No nos referimos al centro prosódico ni al ortográfico, sino a ese conjunto de rasgos peculiares de una lengua, o de una variedad lingüística, por los que sus hablantes se caracterizan: el acento social como marca diferenciadora de una comunidad de habla. Ese que nos ‘delata’ cuando cambiamos de lengua, aunque nuestras interacciones comunicativas orales resulten perfectamente acomodadas a las finalidades del discurso en cuestión. De ese acento no se habla en los manuales de didáctica de los idiomas, ni se toca el tema en la formación inicial o permanente del profesorado especialista. Y es que se da por supuesto que, al hablar en un idioma distinto al propio, nuestro acento social debe desaparecer, desvanecerse, borrando nuestra seña de identidad social hasta el punto de ‘hacerse pasar’ por hablante de la otra lengua. Hemos escuchado de boca de profesores de inglés o francés, de regreso de una estancia en un país de habla de esos idiomas, expresiones que orgullosamente aludían a que los habían tomado por ‘nativos’. En reuniones profesionales donde usamos otro idioma suelen surgir comentarios acerca de qué bien habla fulano o zutano el inglés (el francés, el alemán..)… “Fíjate no se le nota nada el acento, pasa por nativo perfectamente, jo, qué envidia!”.
En bastantes ocasiones el acento social nos avergüenza. A otros, en cambio, les enorgullece. Pensemos, por ejemplo, en las distintas reacciones que se producen cuando gallegos, catalanes o vascos, hablando español, mantienen su acento social identitario. Igual que podemos decir de andaluces, extremeños, canarios, etc. en relación a sus hablas. Pensemos, por otra parte, cómo la publicidad de cursos de inglés enfatiza el acento británico o americano de un locutor anunciante del producto en cuestión que explica en español sus veleidades.
Claro que el profesorado de idiomas, más en unas lenguas que en otras, tiene un problema sin resolver con la cuestión del acento: malo si hablo el idioma del que soy especialista sin poner acento de ‘hablante nativo’, malo si lo hago –digamos en clases de primaria- porque más me distancio de mis alumnos y de la lengua o lenguas que les sirven de pasarela para la apropiación del nuevo idioma. Y, además, hasta puedo parece ridícula.
Esta cuestión sin debatir, llega en ocasiones a casos extremos. El año pasado en unas oposiciones de inglés para plazas de EOI una candidata, tras hacer un brillante ejercicio y su correspondiente defensa oral, fue suspendida porque -en palabras de la presidenta del tribunal: “Todo había estado muy bien, pero se le notaba mucho el acento gallego al hablar en inglés”. Está documentado que el editor de Psychology Today experimentó sobre su teoría del contrato de matrimonio fundamentada en que el amor es un comportamiento aprendido y, aireada por la prensa su hipótesis de que es posible enamorarse comprometiéndose a aprender a amarse el uno al otro, recibió 300 cartas de candidatas. Su agente en Nueva York le dijo orgulloso que había rechazado a una de ellas porque en la entrevista había percibido que tenía acento extranjero (The Boston Globe, 2002). En Westfield, Massachussets, “…unas 400 personas firmaron una petición solicitando a representantes locales y estatales que se prohibiese contratar a cualquier maestro de primaria que hablase inglés con acento” porque, según ellos, “el acento se pega” (A. Lupo, 1992, ‘Accentuating the negative’, The Boston Globe, p. 19). El director de Westfield apoyó la petición (que implicaba el despido de una maestra puertorriqueña) alegando que nunca hubiese contratado a A. Einstein para dar clases en su colegio porque hablaba inglés con acento extranjero. ¡Menos mal que en el MIT pensaron de otro modo!
¿Por qué será que cuando el profesorado de idiomas, en definitiva hablantes de una lengua subordinada, hablamos la segunda lengua con acento no se nos otorga el mismo nivel de tolerancia que cuando cualquier hablante nativo de esa lengua habla la nuestra? ¿Por qué decimos de una alumna inmigrante que habla español correctamente en la clase… “¡Fíjate no se le nota nada que es rumana, no tiene acento!”? ¿Será por el efecto de la cultura de la asimilación que nos han dado a lo largo de generaciones en nuestra formación docente?