Perifrásticamente
Sábado, Septiembre 4th, 2010
Cercanas ya las pruebas de acceso a la universidad llama la curiosidad el saber cuál será el próximo criterio de competencia lingüística con el que los tribunales -tamaña palabra- comprobarán la madurez lingüística de los nuevos estudiantes, los futuros rookies que ocuparán los campus, ruidosos y esperanzados.
Viene al caso la mención a las pruebas de acceso a la universidad porque en algún distrito universitario el criterio ha sido claro y preciso. La prueba de lengua castellana incluía entre otras cuestiones de seguro por el estilo, el de identificar el tipo de perífrasis verbales que aparecían en un enunciado. Todo de acuerdo con la tradición, de no ser porque en el enunciado no había perífrasis verbales. El incidente, que trascendió como un error en la redacción de la prueba, tiene una interpretación distinta para nosotros.
Cae por su peso que los profesores que dieron forma al examen -al menos cinco si se hace una regresión narrada de los pasos por los que trascurre un examen de selectividad hasta que llega a las aulas- no estaban en nada familiarizados con las perífrasis verbales ni su tipología. Los disculpa el hecho de que este resulta un conocimiento bastante inútil y absolutamente irrelevante para el dominio de la lengua en uso.
Lo que sí resulta un pecado -capital- es la presencia de tamaña cuestión en una prueba que ha de medir la capacidad de los alumnos de usar la lengua en dominios académicos. Intriga saber la razón por la que los miembros de estos tribunales, voluntarios todos, se involucran en un ejercicio trascendente como las PAU sin abordarlos con un mínimo sentido crítico de qué están haciendo y por qué. Quizás es que hayan estudiado demasiada gramática.
La Nueva Gramática de la Lengua Española reconoce distintos tipos de perífrasis verbales: acumulativa o incremental, cursiva o progresiva, de conato o acción frustrada, de estado resultante, de fase o fasal, de interrupción, de escala o serial y al menos siete tipos más. También hay ‘semiperífrasis’… Pura entelequia.
Nuestra admiración por Ignacio Bosque, ponente de esta obra magna, tanto por el ejercicio de taxidermia del lenguaje que singulariza a la obra como por su capacidad sabia de entender la naturaleza y aplicación exacta de lo que pretendía al escribirla. El propio académico ha dejado dicho en declaraciones públicas: “Creo que se explica una gramática muy basada en la nomenclatura, en la terminología. Se les hace aprender a los niños términos que tampoco son tan importantes. Sería más interesante en mi opinión que la enseñanza se basara más en la reflexión. Habría que olvidarse un poco de esa terminología abstrusa, de esa nomenclatura tan extraña. Se puede hacer perfectamente”.
¿Por qué los profesores y evaluadores no entendieron esto? ¿Por qué no entender que como la anatomía respecto al movimiento, la gramática respecto al lenguaje no es más que un estudio externo a la experiencia. Esa sinécdoque fatal de tomar la gramática por la lengua tiene razones ocultas con ideología y política -stricto sensu- de por medio. Todo, cuando quizás a los alumnos les bastase entender a esas edades que, como el filósofo vienés dejó dicho, “la primera condición para filosofar es desconfiar de la gramática”.








