Muy a menudo se encienden las alarmas cuando alguien vincula la educación en lenguas con alguna de las muchas caras del poliedro ideológico. Hay quien pretende que las lenguas (y sus culturas), aún siendo vivas, carezcan de una valor ideológico en su dimensión educativa. Sencillamente eso es no saber nada de ellas. Como decimos, por ejemplo, en una de nuestra reflexiones (en el perfil biográfico del OAL lo podéis ver): «…ser profesor de lenguas y culturas también es, además de lo que todos sabemos que es, una opción
política. Una opción política frente a las desigualdades. Y las desigualdades no están ahí para ser constatadas. Están ahí para resistirnos a ellas, primero, y para transformarlas después.
¿O alguien pone en duda que el ámbito de los aprendizajes de lenguas es un mundo de desigualdades en la presente sociedad de la cultura del mestizaje?».
Acaba de salir de imprenta un libro (
El Nacionalismo lingüístico. Una ideología destructiva) que, en el poco tiempo de haber visto la luz, ha levantado un gran revuelo en este país: entre el gremio más conservador, por la consideración de su autor como un traidor; entre el gremio de nacionalistas radicales, por encontrar en él un argumento sobre el nacionalismo españolista esgrimido desde la propia lingüística.
Leemos en su contraportada: «
Las lenguas, con todas sus riquezas, pluralidad y matices, deberían servir para comunicarnos, para expresar quiénes somos y qué sentimos, para describir el mundo y sus relaciones. Sin embargo en España y en otros países, se vienen utilizando como armas arrojadizas, causas de conflicto. Los discursos del nacionalismo (imperial-nacional o periférico-resistente) que versan sobre cuestiones lingüísticas –sea cual sea su origen y sus razones políticas, económicas o sociales- suelen valerse de una terminología pseudo-científica utilizada para justificar y legitimar situaciones de desigualdad política y cultural».
El libro, que os recomendamos vivamente, es una crítica al nacionalismo imperialista de lenguas como el chino, el indonesio, el ruso, el francés, el inglés y, obviamente, el español. El autor se centra en este último caso porque, como él mismo dice, es lo que mejor conoce, además de querer dejar constancia –como defiende en
esta entrevista- de que “
el castellano no está perseguido; ésa es una polémica ficticia”. Después de leer el libro y después de escuchar con qué pasión defiende la igualdad de todas las lenguas, no nos puede extrañar que cierta prensa española le considere prácticamente un traidor. En su presentación en Barcelona, organizada por Lingua Món–Casa de les Llengües, algunos han querido hacer explícito, de una forma nerviosa y rayando a veces la agresividad, que en Cataluña el catalán es una lengua imperialista. La respuesta del autor ha sido clara y contundente: el catalán sería imperialista si se quisiese imponer en Granada o en Galicia, querer ser la lengua de su propio territorio no tiene nada del imperialismo ni del nacionalismo lingüístico del que él habla…
El propósito de Moreno Cabrera, conocido por su defensa del
plurilingüismo pasivo, es combatir los usos políticos de la lingüística, especialmente aquéllos que pretenden justificar que hay lenguas que son, intrínsecamente, superiores a las otras y que, por este motivo, han acontecido lenguas nacionales. Aclara que no va en contra del español, sino contra la ideología nacionalista española, que es profundamente agresiva y que se presenta escondida diciendo que los nacionalistas son los otros.
Como el autor declara en esta
otra entrevista, «
Mi libro es un termómetro para saber si uno es nacionalista o no. Si a uno le gusta es que no es nacionalista, ahora como no le guste… es que es nacionalista». El libro se articula en seis capítulos. En el primero,
Lengua y nación: aspectos sociales y lingüísticos, analiza aspectos como el falso darvinismo lingüístico (que permite justificar tantas injusticias) y conceptos que tanto han sido manipulados como son los de lengua y dialecto, y el de lengua estándar. En un segundo,
Nacionalismo lingüístico y discriminación, reflexiona sobre el nombre de la lengua nacional y explica cómo se pasó del castellano al español, y como esta lengua nacional se presenta como algo de superior a las otras lenguas. En el tercero,
Nacionalismo lingüístico y colonialismo, trata temas como la lengua compañera del imperio colonial, la asimilación de los pueblos considerados ‘primitivos’. En el cuarto,
Nacionalismo lingüístico e imperialismo, analiza la relación entre lengua e imperio económico (superada ahora la etapa del colonialismo) y destapa la ideología castellano-céntrica, dirigida desde Madrid, tanto de la Real Academia Española como del Instituto Cervantes, al cual no duda de tildar de megalómano en su tozudez de presentar el español como la lengua internacional con más proyección. En el quinto,
Lingüística y nacionalismo lingüístico, vemos como una parte de los lingüistas se han puesto al servicio del nacionalismo lingüístico y como se usan los conceptos y términos técnicos de la ciencia para dar credibilidad científica a determinadas posiciones políticas. Y, finalmente, un sexto capítulo, donde analiza el estudio de J.C. Herreras,
Lenguas y normalización en España (Gredos, 2006), ya que es un buen ejemplo de las nuevas formas que adopta el nacionalismo lingüístico español, el cual, con abundancia de datos pertinentes y bien estructuradas, distorsiona gravemente la realidad sociolingüística de las Comunidades autónomas con lengua propia. Como réplica, Moreno Cabrera
defiende la política lingüística educativa de estas Comunidades si se quiere acabar con la idea que el castellano es la lengua realmente útil y las llamadas lenguas co-oficiales no son más que una molestia y una rémora.
Son especialmente interesantes los apartados en que demuestra el nacionalismo, casi racista, de autores como Menéndez Pidal, Alvar o Gregorio Salvador, empeñados en defender la superioridad de la lengua española como causa de su expansión primero en la península y después en América, y que, como sabemos, son la base del pensamiento que ha llevado a decir que el castellano nunca no se ha impuesto por la fuerza. En definitiva, un libro que intenta desenmascarar los usos ideológicos de los conceptos lingüísticos por parte del nacionalismo lingüístico español y donde el autor defiende sin tapujos la igualdad de todas las lenguas. Algo que desde este Observatorio también hemos defendido siempre compartiendo con Juan Carlos Moreno la idea básica de que no hay lenguas sin usuarios y que estos deben vivir en la igualdad y sólo así lo harán sus lenguas.