
[Entrada enviada por estudiantes del Master de Secundaria]
Un interesante tema tratado en diferentes sesiones del Master y que a nosotros nos parece de gran relevancia es el que se refiere a las relaciones existentes entre lenguaje e ideología, presente en las manifestaciones lingüísticas (eufemismos, opacidad del significante…) del mundo político y sus reflejos en los medios de comunicación de masas y, muy especialmente, en la educación.
A nuestro parecer, como postula el lingüista Luis Veres Cortés en su obra La retórica del terror (2006), no existe un lenguaje libre de ideología, siendo además el propio lenguaje el principal instrumento de manipulación y de transmisión de ideologías. Para este autor “el lenguaje es un bien al servicio de todos, pero también un arma a disposición de cualquiera” (1996:13), pues a través de él se pueden crear trampas y falsedades. Por este motivo, en la irrupción de cualquier movimiento totalitario, los primeros objetivos los constituyen los medios de comunicación, pues, siendo el lenguaje poder, la retención de ese poder puede significar el éxito o fracaso de las ambiciones de cualquier político. Además, con el objetivo de conservar su dominio, el político utiliza la propaganda. Las ansias en el acaparamiento del lenguaje responden, nos dice el autor, a que de las palabras surge la concepción del mundo que se desea imponer. De este modo, determinados sistemas lingüísticos, puestos al servicio del poder, se constituyen como sistemas cerrados, como arsenales léxicos que, normalmente, se fundamentan en resemantizaciones utilizadas en una misma dirección persuasiva. Como indica Veres, son numerosos los ejemplos de los reflejos de la ideología en el lenguaje, especialmente en los momentos históricos donde el totalitarismo se impone como única ideología. Sin embargo, en todas las épocas y situaciones políticas existe un intento por hacerse con el control de lenguaje, que puede servir como instrumento de adoctrinamiento ideológico, sobre todo en el ámbito de la enseñanza y en los medios de comunicación (pues, como sabemos, también los periodistas pueden actuar al servicio de determinadas fuentes o fines). De hecho, como manifiesta Veres, el uso estratégico de la lengua permite a los virtuosos de la expresión demagógica convencer a la gente de que se le está promocionando a niveles de libertad y, al mismo tiempo, someterla a un implacable dominio. De esta forma, el lenguaje puede ser objeto de manipulación, apropiación y extorsión, siendo “transformado en manos de políticos, empresarios, publicistas, dictadores, revolucionarios e incluso ciudadanos de a pie” (2006:54).
Al igual que Veres, Félix Rodríguez González afirma que la manipulación de la lengua con fines políticos es un hecho repetido, incluso en países tenidos por democráticos. En su obra Prensa y lenguaje político (1991) encontramos una ampliación de la gama de los mecanismos de manipulación política de que venimos hablando, se trata de los sub(campos) léxicos eufemismo, estereotipo y opacidad del significante.
En relación al eufemismo, indica el autor que se trata del empleo de una expresión ornamentada que contribuye a ocultar u oscurecer deliberadamente la realidad que se esconde tras ella. Los recursos de que se sirve el eufemismo pueden ser de naturaleza léxica (p.e. neutralizar por matar), gramatical (nominalizaciones como descarga nuclear -donde se disimula el agente o la víctima-; construcciones pasivas como un procedimiento debe ser desarrollado donde se disimula el agente); o presuposiciones y sugerencias (como porqué la OTAN necesita armas nucleares, donde se presupone que la OTAN necesita armas nucleares). Según Rodríguez González, la propensión al eufemismo es mayor en el lenguaje diplomático, dada la necesidad de mostrar una buena imagen a la opinión pública. Pero, además, la retórica empleada por los gobernantes se sirve no solo del disimulo sino también de la mentira, a través de la inversión del significado de las palabras (inversión semántica o “antífrasis”) como en el uso de la denominación nazi para las cámaras de gas centro de salud o casa de retiro.
Los estereotipos o degradación del significante serían el contrapunto del eufemismo, es decir, los disfemismos. Su objetivo es la peyorización del referente siempre y cuando este guarde relación con el adversario político cuyo desprestigio se pretende. Se trata de epítetos denigrativos cargados de un gran valor emocional, aunque poco descriptivos. Es decir, destaca más el valor connotativo que el referencial, provocando reacciones emocionales en el receptor que tienden a moverle a la acción (p.e. el uso de delincuentes en lugar de disidentes por la policía o la calificación realizada por Reagan de la URSS y del comunismo como imperio del mal).
Por último, con “opacidad del significante”, Rodríguez González hace referencia al empleo deliberado de jergas técnicas especializadas y de una sintaxis enrevesada que procura confundir o no dejar ver lo que se dice (p.e. en lugar de hablar del aumento del paro, reconocer que “se ha acelerado el incremento negativo ocupacional de la población activa”). En el caso de las jergas técnicas especializadas se señala entre sus características la reducción de los vocablos por truncamiento o siglación (p.e. GLCM “Ground-launched Cruise Missile”), de nuevo para provocar la desmotivación de estas formas y así evitar que el no iniciado pueda comprender las verdaderas implicaciones del mensaje.
Afirma Rodríguez González (1991: 96) que “ejercitarse y adentrarse en el eufemismo y otros mecanismos de la mendacidad política por sí solos no han de conducir a su erradicación, pero, cuando menos, puede servirnos de salvoconducto para que nuestras mentes no sean narcotizadas, insensibilizadas, y esto sí está a nuestro alcance (…) Del poder de esta anestesia mental fue bien consciente Jefferson cuando dijo que había que prevenir la tiranía iluminando las mentes”.
¿Qué opináis, como docentes o futuros docentes, sobre este tema? ¿Consideráis necesario u oportuno que desde el ámbito educativo se trabaje con estas “trampas” del lenguaje, a fin de desmascarlas o, por el contrario, opináis que tales “trampas” no existen o que la educación se debería mantener al margen de este tema?
En el caso de los terroristas, Veres manifiesta que el lenguaje juega un papel fundamental, pues las palabras, si bien no predeterminan nuestra forma de pensar, nos predisponen a favor de ciertas líneas de pensamiento. Es muy frecuente que los periodistas recojan de manera inconsciente terminología de la retórica terrorista, la cual pretende evitar o aminorar la posible carga negativa de los términos valorativos relativa a sus actos. Así, se prefiere hablar de ejecuciones y no de asesinatos o de impuesto revolucionario en lugar de extorsión. En este sentido, el léxico terrorista tiene una importante finalidad eufemística, es decir, atenuante. Este léxico pretende no solo reducir la negatividad de sus acciones sino también legitimarlas, pues la terminología utilizada no hace otra cosa que presuponer la existencia de un estado vasco (sirvan como ejemplo las voces arriba citadas). Al lado del eufemismo aparece el disfemismo, cuya función es degradante (p.e. terroristas de la pluma, terroristas verbales o periodistas parapoliciales para designar al profesional que escribe en contra de sus intereses o perros enemigos o txakurras para designar a las Fuerzas de Seguridad del Estado).